Las normas y reglamentos escolares surgen como acuerdos necesarios para organizar la convivencia y garantizar el respeto entre las personas.

Sin embargo, estos acuerdos responden a contextos específicos y a necesidades de un momento histórico determinado. Con el paso del tiempo, las realidades cambian y es indispensable revisar cíclica y críticamente dichas normas para asegurar que sigan siendo pertinentes y formativas. 

Nos conviene mirar más allá del cumplimiento mecánico del reglamento y a colocar en el centro a la persona, su dignidad, su contexto y su proceso de aprendizaje.

Toda relación humana requiere acuerdos que orienten la convivencia; sin ellos, se corre el riesgo del desorden y la exclusión. No obstante, también es cierto que la realidad escolar presenta situaciones complejas que no siempre pueden resolverse desde la rigidez normativa. Educar implica reflexionar, desaprender prácticas obsoletas y buscar soluciones creativas y éticas que respondan a las necesidades reales de las y los estudiantes, de la comunidad y del momento histórico que vivimos.

Muchas de nuestras acciones cotidianas se realizan por inercia, siguiendo hábitos y tradiciones que pocas veces cuestionamos. La creatividad humana surge cuando se tiene la capacidad de analizar críticamente lo establecido y de transformar la realidad para mejorarla. En educación, esto no significa transgredir las leyes, sino interpretar y aplicar las normas con sentido pedagógico, justicia social y enfoque humanista.

Cuando el profesorado se limita únicamente a cumplir reglas sin reflexionar sobre su sentido, se corre el riesgo de dejar de pensar y de crear. El docente es un agente de transformación social, capaz de innovar, dialogar y generar ambientes de aprendizaje significativos, donde el error sea una oportunidad y la diversidad una riqueza.

La historia nos muestra que muchos avances se han logrado cuando alguien se atrevió a cuestionar lo establecido. Así como la tecnología evolucionó y transformó la vida cotidiana, la educación también debe actualizarse y responder a los desafíos actuales. Nada está terminado: siempre hay posibilidades de mejorar. Cuestionar los hábitos, reflexionar sobre la práctica docente y buscar nuevas formas de enseñar y convivir para fortalecer nuestra capacidad creativa y nuestro compromiso profesional.

Las acciones aparentemente simples pueden tener un gran impacto en la formación integral del alumnado. Llamar a las y los estudiantes por su nombre, respetar su identidad, escucharlos y dedicarles tiempo para dialogar fortalece el sentido de pertenencia, la autoestima y la confianza. Estas prácticas favorecen una relación pedagógica basada en el respeto mutuo y la empatía, principios fundamentales del trabajo docente.

Al conocer mejor a sus estudiantes, el docente estará en mejores condiciones de realizar una evaluación formativa, justa y contextualizada, centrada en los procesos y no únicamente en los resultados. La acumulación de contenidos deja de ser el eje central para dar paso al desarrollo de saberes, habilidades, valores y actitudes útiles para la vida y la transformación social.

Establecer prioridades considerando el contexto, el tiempo y las circunstancias permite al docente transitar de una educación rígida a una educación creativa, inclusiva y pertinente. Mostrar interés genuino por el bienestar de las y los estudiantes, más allá de su desempeño académico o conductual, fortalece la comunidad escolar y promueve una convivencia basada en el cuidado y la corresponsabilidad.

Cuando el estudiante se equivoca, es fundamental acompañarlo con diálogo, respeto y orientación, evitando la imposición autoritaria. El alumnado aprende principalmente a través del ejemplo. Un docente que escucha, argumenta y persuade con sensibilidad contribuye a la formación de ciudadanos críticos, analíticos y propositivos.

Ayudar a comprender las circunstancias reales de cada situación y guiar al estudiante en la búsqueda de soluciones razonables favorece la autonomía y la toma de decisiones informadas. Estrategias como: compartir experiencias personales de cambio y aprendizaje fortalecen la credibilidad del docente y generan mayor disposición al diálogo.

Asimismo, promover que las y los estudiantes se apropien de las soluciones, guiándolos mediante preguntas reflexivas, fomenta el pensamiento crítico y el sentido de responsabilidad. En situaciones de conflicto, la escucha activa, la validación emocional y la orientación respetuosa permiten reconstruir el diálogo y avanzar hacia acuerdos significativos.

La convivencia escolar es, en sí misma, un aprendizaje complejo y fundamental. En ella se aprenden formas de relacionarnos, de comprender el mundo y de participar en la vida comunitaria. Aunque muchas veces pasa inadvertida por su cotidianidad, la convivencia es un pilar de la educación integral.

Los reglamentos escolares son instrumentos pedagógicos que favorecen la reflexión, el respeto, la inclusión y la construcción colectiva de una comunidad más justa y solidaria.