Somos muy críticos con lo que conocemos bien. Con aquello que vemos todos los días, que dominamos o que sentimos cercano.

Y si lo pensamos un poco… ¿hay alguien a quien conozcamos más que a nosotros mismos? Estamos con nosotros todo el tiempo: sabemos lo que pensamos, lo que sentimos, lo que nos da miedo, lo que nos falla y lo que creemos que deberíamos mejorar. Por eso, muchas veces, somos nuestros jueces más duros.

Esa voz interna que dice “no soy suficiente”, “pude haberlo hecho mejor” o “los demás lo hacen mejor que yo” aparece casi sin pedir permiso. Y aunque la autocrítica no es del todo mala, porque puede ayudarnos a crecer, a aprender y a reconocer errores, también puede convertirse en un obstáculo si no la sabemos manejar.

Criticarnos constantemente puede hacernos olvidar algo muy importante: probablemente somos mejores de lo que creemos. Todos tenemos límites, debilidades, inseguridades y momentos en los que fallamos; pero eso no borra todo lo bueno que hay en nosotros.

Vivimos en una época donde la comparación es casi inevitable. Redes sociales, expectativas académicas, presión por encajar, por destacar, por “tener claro” qué queremos ser. Todo eso puede hacernos sentir que nunca es suficiente, que siempre vamos tarde o que no estamos a la altura; pero la verdad es que cada persona tiene su propio ritmo, su propio proceso y su propia historia.

Apuntar alto no está mal. Tener metas, sueños y estándares elevados puede impulsarnos a mejorar. El problema aparece cuando esas metas se convierten en una excusa para desvalorizarnos. Buscar lo mejor de nosotros no debería significar odiarnos por no ser como el mejor modelo. El crecimiento real no nace del desprecio, sino del respeto y la aceptación.

Es importante aprender a reconocer lo que sí hacemos bien. Nuestros talentos, nuestras pequeñas victorias, el esfuerzo que ponemos incluso cuando nadie lo nota. A veces no vemos nuestro valor porque estamos demasiado enfocados en lo que nos falta, y no en todo lo que ya somos.

Antes de alcanzar la perfección, si es que alguna vez se alcanza, hay un camino lleno de logros, aprendizajes y desaprendizajes, relaciones, creatividad y amor. Hay muchísimo de positivo que podemos construir aquí y ahora.

Desde una mirada de fe, recordemos algo aún más profundo: somos hijos de Dios, creados con intención, con amor y con propósito. No nacimos para vivir aplastados por la culpa o el miedo, sino para disfrutar la vida, para amar, crear, equivocarnos, levantarnos y volver a intentar.

La Biblia nos recuerda que Dios vio su creación y dijo que era buena. Y cuando creó al ser humano, lo hizo a su imagen y semejanza, imagen de Dios en lo perfecto y semejante a Dios en lo creativo, confiándole la responsabilidad de cuidar y transformar el mundo. Eso significa que, desde el inicio, hay algo valioso en nosotros. Algo digno. Algo bueno.

Creer esto no significa ignorar nuestros errores, sino entender que nuestro valor no depende de no fallar, sino de quiénes somos. Somos más fuertes de lo que pensamos, más capaces de lo que imaginamos y más valiosos de lo que a veces nos permitimos creer.

Así que la próxima vez que tu mente te diga que no eres suficiente, detente un momento. Respira. Mira todo el camino que ya has recorrido. Recuerda que estás aprendiendo, creciendo y cambiando. Y, sobre todo, recuerda esto: eres mejor de lo que crees. Estás comprometido con la mejora continua aquí y ahora. 

Y ¿Qué es la mejora continua?: Hacer las cosas cada vez mejor, mediante pequeños cambios constantes, aprendiendo y desaprendiendo de la experiencia y corrigiendo lo que no funciona para mejorar procesos, productos o resultados, añadiendo un extra a nuestras acciones ordinarias, poco a poco, “despacio porque tenemos prisa”.