
Trabajo, Disciplina y Perseverancia
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Cerrada de Leandro Valle 114,
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Reflexiones para padres de adolescentes
Existe una frase muy conocida que dice: "Pensar bien para vivir mejor". Y es verdad: la forma en que pensamos influye directamente en cómo actuamos y enfrentamos la vida. Nuestro pensamiento define quiénes somos y dónde estamos. En muchos sentidos, somos el resultado de lo que llevamos en la mente.
A veces, la comodidad o la falta de exigencia nos lleva a ver el mundo como una serie de obstáculos inevitables. En algunos casos, hemos sido educados con ideas negativas y limitantes. Se nos hizo creer que la felicidad era un destino lejano, algo que se alcanza al final del camino, como en los cuentos: “...y vivieron felices para siempre”. Sin embargo, la felicidad no es una meta, es una forma de recorrer el camino.
Hoy, muchos adolescentes dejan que sus amigos decidan por ellos: qué escuela elegir, qué programa ver, a qué fiesta ir. Y nosotros, los padres, a veces lo permitimos porque nos ahorramos tiempo y discusiones. Pero luego, cuando las cosas no salen bien, buscamos culpables: la sociedad, los amigos, los medios… cualquiera, menos nosotros.
Algunos padres, bajo el argumento de que “estos tiempos son distintos”, renuncian a su papel formativo y dejan en manos de los hijos decisiones que ellos aún no están preparados para tomar. Es cierto que no es fácil ser padre hoy, pero eso no nos exime de la responsabilidad.
Para reflexionar: hace algunas décadas, en las escuelas se sancionaban faltas como correr en los pasillos, mascar chicle o tirar basura. Hoy, los problemas que enfrentan muchas instituciones son mucho más graves: robos, consumo de sustancias, agresiones, vandalismo, ausentismo… Esto no puede verse como un simple cambio generacional.
Ahora bien, imaginemos esta escena: un conferencista se presenta ante un grupo de padres defendiendo la tolerancia al robo, al consumo de drogas, al suicidio, a la promiscuidad, y les anuncia que al día siguiente dará la misma charla a sus hijos. ¿Qué haríamos como padres? Seguramente, moveríamos cielo y tierra para impedirlo.
Lo irónico es que sin saberlo, muchos padres permiten ese mismo mensaje en casa, a través de la música, las redes sociales, los videojuegos o los contenidos en streaming. Se normalizan mensajes negativos y peligrosos, muchas veces envueltos en melodías atractivas o producciones bien hechas. Y como entran disfrazados de “entretenimiento”, su impacto es incluso mayor que el de una charla directa.
Los jóvenes suelen justificarlo diciendo que solo les gusta “la música, no la letra”. Pero la mente no distingue tanto. Las palabras —sobre todo si se repiten constantemente y se asocian a emociones— dejan huella. Y como la mente no filtra moralmente lo que escucha, termina reproduciendo lo que oye. Porque la palabra es como una semilla: si cae en tierra fértil, tarde o temprano da fruto.
Nuestros hijos, como es natural en su etapa, son influenciables. Están en proceso de formación. Y lo que escuchan, ven o siguen, los va moldeando. A menudo no miden las consecuencias de sus actos ni el poder de las ideas a las que se exponen.
Como padres, no podemos ni debemos controlar todo. Pero sí podemos acompañar, dialogar, orientar, poner límites, y sobre todo, educar con el ejemplo. Porque si no lo hacemos nosotros, alguien más lo hará —y no siempre con buenas intenciones.
"Los niños son el recurso más valioso del mundo y la mejor esperanza para el futuro."
— John F. Kennedy
Cerrada de Leandro Valle
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