RESPONSABILIDAD COMPARTIDA Featured

31 Marzo 2019, 12:00 am Written by 
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El trabajo escolar, responsabilidad compartida entre padres, profesores y alumnos, fantasía que debe concretarse en función de nuestro compromiso. 

Al tratar de la educación, comencemos hablando no de la escuela sino de la familia en la que se inicia y perdura el proceso formativo, por ser la unidad física, económica y emocional de desarrollo y desenvolvimiento. 

La familia es la organización física en la que sus miembros viven en estrecha relación. Es la unidad económica donde el dinero se gana, se ahorra y se invierte, conservando las posesiones personales. El hogar es una especie de unidad emocional, es el punto de partida del ser humano.

Desde la concepción se da un fenómeno digno de ser tomado en cuenta, de millones de espermatozoides empeñados en una competencia seria, solamente uno, el mejor, fecunda al óvulo y comienza la vida como resultado de un triunfo y desde allí somos triunfadores, diseñados para gozar y experimentar la vida con amor, entendimiento y acción creativa. 

Cuando nace el niño trae como herencia cierta predisposición a determinadas formas de ser y hacer, y en el hogar se crean los condicionamientos básicos del sentir. Un buen hogar proporciona la estructura de la personalidad del niño y satisface, en principio, la necesidad de seguridad emocional para que el niño llegue a ser lo que puede ser. 

Como punto de partida, el niño debe estar seguro de que es producto del amor y que los padres le quieren y le querrán siempre, pese a lo que él diga o haga. 

Frente a una actividad desagradable, el niño debe recibir como reproche, expresiones como la siguiente: “te quiero mucho; pero me desagrada  que hagas esto”. Recordemos que la necesidad de seguridad emocional es especialmente intensa durante los siete primeros años de vida.

En el proceso de crecer junto a la familia aprende el niño, entre otras cosas, lo que de él esperan para el presente y para el futuro. 

Pero algunos planes formulados por los padres llegan a ser, con frecuencia, solamente suyos y aquí está el riesgo ya que los fines propuestos no siempre están al alcance y medida de la capacidad del hijo. Algunos padres se equivocan al fijar metas que no están de acuerdo con la capacidad y vocación de su hijo y provocan frustración al decir “tú puedes”. El niño, víctima de las consecuencias de la impotencia, crea inseguridad emocional por la presión para llegar a metas muy elevadas en lo social,  en lo atlético o en lo intelectual.

Herbert  Carroll afirma que “algunos padres que se creen fracasados, a veces e involuntariamente, tratan de desquitarse utilizando, inconscientemente,  a sus hijos como ejecutores de lo que ellos no pudieron hacer. Planean grandes triunfos para ellos, por lo común allí donde ellos no lo lograron. Insisten en que el proyecto salga adelante sin prestar atención a las preferencias vocacionales del hijo”. El resultado es un hijo en conflicto o también un padre y un hijo frustrados.

Se supone que todo padre ama a sus hijos, sin embargo cada día se dan más casos de abandono real o mental. Algunos casos de abandono se dan con el falso razonamiento de que el niño necesita privaciones para fortalecer su carácter y aprender a luchar en la vida. Durante los siete primeros años de vida el niño necesita un apoyo emocional absoluto y no está capacitado para formarse en la fragua del sufrimiento.

Para construir un carácter sano y emprendedor hay que colocar en los primeros años de vida unos cimientos de emociones gratas y no de frustraciones. El niño es el reflejo de lo que son sus padres, “por tus frutos te conocerán”. Haciendo feliz y tranquilo al niño junto a nosotros, tendremos mejores perspectivas de que desarrolle un modo de pensar positivo y triunfador. Si aprende a pensar bien estará aprendiendo a vivir mejor.

Desde el mimo de los primeros meses de vida hasta la aparente indiferencia de la juventud, los padres juiciosos trazarán un camino que permita la independencia gradual, de modo que al llegar a la adolescencia y juventud se le facilite la separación tanto emocional como económica de su familia, que hará de él un adulto independiente y, sobre todo, un adulto feliz.

Durante la escolaridad es muy saludable que el niño o el adolescente siga respirando el aire del hogar para que su proceso de formación e información esté libre de los traumas que la desadaptación puede causar. Este aire familiar solamente es posible propiciarlo con el contacto claro y franco de padres de familia y profesores comprometidos con su responsabilidad. 

Los sistemas educativos tienen implementada una serie de actividades de acercamiento entre padres y profesores; pero no se ha sabido aprovechar  en su totalidad. Cuando la escuela convoca a junta de padres de familia solamente se sienten invitadas algunas mamás  y con mucha frecuencia vemos que la Asociación de Padres de Familia es Asociación de Madres de Familia, como si solamente las mamás fueran las responsables de la educación de los hijos.  Este hecho crea problemas no perceptibles inmediatamente; el niño, aunque no lo manifiesta, se siente abandonado y se complica su apreciación de valores, el establecimiento de prioridades, la jerarquización de intereses, etc. ¿Qué será más importante: la escuela o su empresa?... ¿Los profesores o los amigos de papá?... ¿Las juntas de la escuela o los compromisos sociales?... Estas y otras preguntas pueden ser lucesitas rojas que algo nos dirán de la responsabilidad  en la formación de los hijos. 

Los  padres, en pareja,  podrán proporcionar a los profesores los datos que permitirán una labor más efectiva en bien de la educación y de manera conjunta se dará un valor más adecuado al proceso de formación. Solamente la comunión de padres y profesores hará comprensible una serie de tópicos que hasta el momento se han manejado indistintamente entre padres y profesores y hasta en sentido contradictorio. Para dar un ejemplo mencionemos lo referente a las calificaciones. Sabemos que las evaluaciones deben ser estimulantes para todos pero es inconveniente que el estudiante trabaje duro con la única intención de obtener una buena calificación. En muchos casos hemos visto situaciones de amargas competencias por los primeros lugares a instancias de sus papás y hemos visto también dañada la personalidad de los competidores. Es más valioso manejar aprendizajes útiles para la vida que calificaciones brillantes. Si se trabaja a conciencia no por calificaciones sino por entrenamiento e ingreso al camino de la cultura del éxito, de todas maneras, la calificación será una consecuencia de la dedicación pero estará en segundo término, evitando así la angustia y presión estresantes.

La presencia de los papás en la escuela de    sus   hijos,    no   debe   ser   de   paciente

expectativa, sino de participación activa y constante en el desarrollo de los programas de trabajo escolar y así se evita la divergencia entre hogar y escuela.

El padre de familia debe dejar de ser el  administrador de castigos y ejercitar su capacidad de promotor de cambio; para nuestro particular punto de vista es ya bastante malo el equívoco; equívoco  más castigo por haberse equivocado es algo peor, crea culpabilidad y resentimiento.

Entre padres y profesores podemos acordar que el mejor estímulo para trabajar bien es ingresar y mantenerse en el camino del éxito; cuanto más éxito tenga un muchacho más se esmerará. El éxito es una experiencia constructiva. El éxito continuo suele conducir a la integración y a la confianza  en si mismo y esto se logra solamente si se fijan metas inmediatas condicionadas a las aptitudes para que sean alcanzadas en el menor tiempo y con el menor esfuerzo. Al alcanzar una meta hay satisfacción motivadora que es preparación para accesar a la siguiente meta.

Frente a un problema disciplinario, el padre de familia y el profesor, podrán investigar y descubrir la causa; ya que, generalmente, los problemas disciplinarios se suelen desarrollar en el aula a partir de la frustración de una o más de las necesidades fundamentales del niño. 

El niño que responde a frustraciones mediante la agresión externa se convierte en un problema disciplinario; pero el niño que responde con la agresión interna no suele convertirse en un caso disciplinario; pero su personalidad se perjudica más que la de aquel que reacciona agrediendo; crea toxinas internas que le envenenan y hasta le enferman por no desahogar y limpiar el subconsciente con adecuadas terapias de liberación.

Todo niño necesita hacer conciencia de su capacidad de triunfo. Si las tareas escolares que se ponen delante le resultan demasiado difíciles, se siente frustrado. La frustración inutiliza y quita toda capacidad de realización en el bien. El niño frustrado, inconscientemente, canaliza su frustración fastidiando al profesor, mutilando libros, pintarrajeando muebles y muros, agrediendo a los compañeros, etc. Cuando falta la oportunidad de satisfacer la necesidad de triunfo escolar, se vuelve contra el medio.

Padres y profesores somos los agentes del cambio, los ejes motores de la transformación de los pueblos. Unidos en común esfuerzo, desde el lugar en que nos toque actuar, formaremos un equipo triunfador.

Conjuntando energías se puede pensar en un mundo mejor y con optimismo y seguridad de nuestra acción podemos trabajar armónicamente con un derroche de orgullo de la paternidad y de la escolaridad, para poder decir este es mi hijo y se preparó en tal escuela.

Responsabilizándonos cumplimos con el deber de facilitadores en el proceso de desarrollo y desenvolvimiento, haciendo de la vida una experiencia maravillosa y adquiriendo la seguridad para decir:  “misión cumplida”.

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Lic. Carlos del Salto del Salto

Director general del Centro de Estudios John F. Kennedy

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